SERÁS FELIZ O NO SERÁS NADA
Del mandato a la posibilidad
Toda sociedad transmite y crea “obligaciones” “mandatos” que sus miembros paulatinamente van transformando en metas personales, ideales que hay que lograr. No son estas las obligaciones dadas por las leyes, necesarias para el funcionamiento de todo grupo humano, sino otras obligaciones que adquieren su estatuto de mandatos de manera más sutil, menos evidente. Una de estas obligaciones actuales podría denominarse “ obligación de ser feliz” Obviamente el estado de felicidad, de plenitud, de satisfacción entre lo deseado y lo logrado es sumamente gratificante para todo sujeto. Ahora bien, si todos los miembros de una sociedad se ven atravesados por esto en calidad de obligación, ¿qué sucede cuando no se lo logra en forma continua?. Aparece una sensación de insatisfacción, de frustración, de desgano, muchas veces intolerable . La otra faceta de este mismo ideal se puede ver en que todo debe ser divertido, un programa televisivo corre el riesgo de ser abandonado si no divierte, un disertante puede no ser convocante si no ameniza continuamente su discurso. Obviamente la motivación es fundamental para lograr la atención, pero es muy significativo que “lo divertido” sea el único medio posible siendo la otra opción “lo aburrido” dejando en el medio la posibilidad de la motivación mediante la pregunta, la reflexión, el absurdo. Esto es tan fuerte que ahora cuando alguien desea conocer el estado anímico de otro es comun que en lugar del clásico “¿Cómo estás? “ se le pregunte “¿Todo bien?”, pregunta casi afirmación que apenas deja la posibilidad de expresar lo que se siente. Podríamos pensar que resulta intolerable escuchar del otro la respuesta contraria a “bien”. Tal vez acobardados por algunas personas que sólo registran su estado de insatisfacción y se instalan alli constantemente como actitud de vida. Es tan fuerte este mandato que se han patologizado los sentimientos, las personas sienten emociones acordes a los sentimientos, distintas emociones , entre ellas la felicidad pero también las ligadas al amor, al odio, a la tristeza, al tedio, al enojo, al miedo, a la ternura y es precisamente esto lo que define y permite que las personas se relacionen. Es usual escuchar decir “estoy depre” en lugar de “estoy triste”. Por supuesto que existen estados exacerbados en donde las emociones dominan al sujeto pero eso ya es un estado patológico diagnosticado no un sentimiento esperable ante una situación particular que se está viviendo. Otro elemento más complejiza la situación si tenemos en cuenta que lo que se propone como la gran llave a la felicidad son los objetos y prestaciones que se pueden consumir para lograr ese tan estado ansiado de completud, la gran mayoría de avisos publicitarios son un excelente reflejo de esta situación que atraviesa a la sociedad actual, aunque algunos arriesgados todavía se animan a pensar que el dinero no compra la felicidad. El otro camino que parece infalible para lograr ser feliz es el poder, el que no logra ubicarse en algun lugarcito de poder, corre serios riesgos de infelicidad.
Ahora bien, desde muchos lugares se recibe este mandato a la felicidad, el cual se pretende instalar como un estado no sólo posible, que de hecho es necesario pensarlo como tal, sino y sobre todo, eterno. En su misma definición no incluye la posibilidad de finalización. Cuando la realidad sorprende con algún suceso que rompe esta ilusión, la persona siente un profundo vacio. Va a depender de los recursos personales con los que cuente cada uno el tipo de respuesta que encontrará a ese estado de desasosiego. Se parte así de la desesperanza de tener que volver a empezar de cero para lograr nuevamente ese estado sin fallas, completo, inalterable, sin tener en cuenta rastro alguno de lo ya logrado y sobre todo de la posibilidad de que ese estado pueda ser momentáneo y desde allí disfrutarlo como tal. Cuanto menos incluída esté la idea de que los estados de felicidad conllevan la posibilidad de que éste se quiebre, mucha más energía tendrá que disponer el sujeto para recuperarse cada vez. Esto no significa pensar continuamente en que en cualquier momento se desarma todo, ya que esto exige un gasto energético mayor aún, por el estado de alerta continua en que situa al sujeto y no le permite que aprovechar el estado de bienestar para reabastecerse en momentos de crisis. Saber disfrutar lo que hoy se logró, lo que hoy se tiene, da lugar a poder sostenerlo por más tiempo ya que cuando aparezca algo que rompa ese estado el sujeto tendrá recuerdos positivos, experiencias satisfactorias que le permitan desde allí reparar el daño. El sujeto que se somete ciegamente al mandato social que dice que puede tener todo lo que quiere y que esa es la clave de la felicidad no sólo está inmerso en una ilusión peligrosa sino que no está reconociéndose a sí mismo en sus propias limitaciones, lo cual lo llevará a exigirse indebidamente y a frustrarse cada vez más si la realidad le demuestra por uno u otro lado que no puede con todo. Que no tiene por qué poder con todo. Una vez que algo del reconocimiento de la limitación se logra, es cuando es posible reabastecerse emocionalmente de aquellos momentos en los que la sensación de felicidad aparece. Pero no ya empezando de cero hacia lo imposible que exige el ideal sino desde la experiencia propia hacia lo posible que le permite su condición de ser humano.
LOS TIEMPOS QUE CORREN
Cualquier persona que comparta nuestro idioma sabe que esta frase significa “los tiempos actuales”, “la actualidad”. Pero, si nos detenemos a pensar un poquito más en su significado podemos descubrir que también encierra una verdad que nos atraviesa y nos rodea. Los tiempos corren. Hace ya unos años aparecieron frases cotidianas que cada vez se escuchan con más frecuencia desde la gente con la cual se tiene contacto: “estoy acelerado”, “tengo que bajar un cambio”, “se me pasó el año volando”, “tenés que parar la moto”, “tendría que bajar las revoluciones”, “no puedo parar”, “necesito frenar un poco”. Todas estas maneras de expresar un sufrimiento o el intento por aliviarlo comparten la alusión comun a la velocidad, al ritmo vertiginoso ante el cual se precisa un esfuerzo para, en el mejor de los casos, lograr detenerse. Un ritmo impuesto que favorece la acción y cada vez más anula la posibilidad de pensar, ya casi no se escucha “lo pienso y te contesto”, “dame un tiempo y te digo” o simplemente “dejámelo pensar”, la reflexión sobre los actos queda abolida, anulada y es así que después se complica sostener todo a ese ritmo. Porque no es propio, porque ese ritmo no es humano, es tecnológico, es de las máquinas, es de la banda ancha de internet, es de la inmediatez de la imagen, es de la ilusión publicitaria de los productos dietéticos mágicos o de las máquinas infalibles que en 5 minutos diarios pretenden adaptar a la persona al modelo único, igual ,propuesto como ideal de belleza. Todo debe ser breve, rápido, ya!.
Es así que cada vez aparecen más “descubrimientos” de síndromes tanto para niños como para adultos que tienen como característica principal la ansiedad, la falta de atención, la desconcentración, la inestabilidad emocional, la hipeactividad o la parálisis total de la acción por agotamiento (ataque de pánico, burn out, síndrome de addh y la lista continúa). Todas manifestaciones actuales por el malestar que le provoca al ser humano estar exigido a un tiempo que no le pertenece. La persona necesita tiempo para construir sus vínculos , los padres necesitan tiempo para comenzar a entender a su hijo, la pareja necesita tiempo para conocerse, el adolescente necesita tiempo para elaborar su proyecto, el niño necesita tiempo para jugar, para descubrir el mundo, para crearlo. En la mayoría de los casos esta falta de adaptación del sujeto al medio se intenta compensar con fármacos que tranquilizan, que aquietan, que anestesian, que permiten continuar sin pensar las causas del malestar.
No hay reglas generales, únicas, globales que enseñen a vivir pero, si descuidamos nuestra posibilidad de ser humanos, de pensar, de crear, de sentir, de compartir ¿no estaremos contruyendo, aunque velozmente, una regla general para dejar de vivir?. Es mi pregunta.
sábado, 22 de noviembre de 2008
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